3 jun. 2014

Me COPAcabana

Saliendo de La Paz, suben al bus Manu y Judith, dos amigas argentinas que están viajando por América juntas, y, que habíamos conocido en el Hostel días antes. Ellas iban también a Copacabana. No tardamos en ampliar la manada. A mitad de camino el bus hace un trasbordo, ya que cruza un brazo del Lago Titicaca para retomar la ruta. El bus cruza en una balsa y nosotros en una embarcación más pequeña. Las chicas estaban como nosotras, sin saber dónde iban a dormir, sabíamos dónde estaban alojados otros chicos del grupo de La Paz, pero sólo teníamos el nombre del lugar. Las mochilas estaban más que pesadas y las calles para arriba y para abajo, no encontrábamos alojamiento en ningún lado.
Optamos por dividirnos las tareas, dos cuidarían las mochilas y las otras dos, saldríamos a buscar dónde quedarnos.

Lo que sucede es que es fin de semana y es tradición en la zona, traer todos los coches nuevos a bautizarlos y bendecirlos en la Iglesia local, cada domingo. Lo otro, es que la mayoría de los hostales en Bolivia, cierran sus puertas por las 22Hs y hasta el día siguiente no hay nadie que abra. Estábamos invitadas a una fiesta electrónica en la playa y obvio que queremos ir. Es como salir de vacaciones y no disponer de tu tiempo porque tu alojamiento te encierra. Después de dar mil y una vueltas intentando conseguir algo, dimos con un lugar que tenía tanto de belleza, como de empinada su calle para llegar. Pero nos quedamos igual, reunía las condiciones “BBB” (bueno, bonito y barato). Además de tener libertad de entrada y salida.

Ya es tarde y por estos lados todo cierra temprano, conseguimos donde cenar y seguimos para la fiesta en la playa. No había mucha luz en el lugar y a medida que nos encontrábamos con los chicos que nos habían invitado, era todo un revuelo, felices de volver a vernos, como si hicieran meses que no nos veíamos. Pero no, sólo habían pasado 48Hs., pero cómo dije más de una vez, viajando todos los sentimientos están a flor de piel y reencontrarte con tu familia  viajera, no es poca cosa. Es cómo volver a ver a alguien de tu familia, es esa persona conocida en medio de tanta gente extraña.

Comienza el día con un solazo hermoso, desayunamos al aire libre y vamos a conocer el lugar. Como en un acto de magia, la luz de día da vida a cualquier lugar, en la iglesia hay una cola interminable de autos esperando su turno de bautismo, desde temprano se escucha al cura dar la misa, por parlantes a un volumen descomunal, los autos están adornados con guirnaldas de flores, figuras de colores muy fuertes, papel picado por todos lados, botellas con bebidas alcohólicas para tirarle al auto y tomar, claro, si algo no puede faltar en ningún festejo Boliviano, es el alcohol en exceso. La iglesia es más grande que la plaza principal, está emplazada en casi 2 manzanas completas. De muros altos, anchos y de color blanco, se la ve muy pintoresca, de cúpulas coloridas por dentro y con azulejos pequeños por fuera, sus portales tallados a mano en madera, a un lado el campanario y hacia delante el capitolio.









Bajando por la calle adoquinada que pasa por el frente de la iglesia, se llega a las tiendas de artesanías, ropa, tejidos, bares, restaurantes, telecabinas y todos los servicios. Esa misma calle te lleva hasta el lago Titicaca. Hoy también es un carnaval de colores, hay embarcaciones para ir a remar, los conocidos gansitos a pedal, otras embarcaciones a pedal, comienzan a verse las típicas embarcaciones tejidas en totora, autos ya bautizados, estacionados en la costa festejando, nosotras buscamos donde tomar el primer sol de este viaje, la primer playa y ya estamos con nuestras mayas felices echadas al sol, cargando energías, escuchando el agua que se mueve con el viento. Aunque invita a darte un chapuzón, solo nos dura hasta tocar el agua con la punta de los dedos, está helada, me recuerda al Nahuel en Bariloche.


Copacabana es uno de esos lugares que invitan a relajarse, a “colgarse” como decimos en argentina, a tirarte a pensar, a dejar volar tu mente, a disfrutar de la naturaleza, de las cosas simples, de una tarde en silencio. Así aprovechamos los días, gozando de cocinar, de compartir, cambiamos nuestros looks, yo me hice una simba (o trenzas tejidas) en el pelo. También salimos a caminar por diferentes senderos que tienen en el lugar, pero es el mundo de los peajes peatonales, es decir, para pasar por un camino perdido en el medio de la nada y sin mantención, tienes que pagar un peaje a un “don” que está sentado en medio del paso sin más que su silla. Es el primer lugar que veo que por caminar te cobren, no es un Parque Nacional, ni manutención de senderos. Así que caminábamos hasta toparnos con uno de esos peajes y volvíamos por donde habíamos llegado.





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